Muerte a la Mexicana: Origen del Día de Muertos
Desde
tiempos remotos, la humanidad ha mantenido una estrecha relación con la muerte.
Muchos pueblos llevaban a cabo ritos especiales para celebrarla como una forma
de ganar su benevolencia, aunque el sentimiento más común era –y todavía es– un profundo miedo y rechazo.
Vida y Muerte
En Mesoamérica, particularmente México, la muerte ocupaba un
lugar especial como una forma diferente de vida. Vida y muerte eran
complementarias, una no podía entenderse sin la otra.
La representación de la muerte aparece a lo largo de la
cultura prehispánica como la eterna lucha entre la noche y el día. Por ejemplo,
los aztecas representaban esta dualidad a través de dos dioses: Tezcatlipoca,
dios de las sombras, y Quetzalcóatl, dios de la luz.
Aunque Tezcatlipoca era el dios del inframundo,
simbolizado por calaveras, también significaba fertilidad y esperanza de
renacimiento, en vez del terror que habitualmente causaba entre otros pueblos.
Rezos y Festejos
En la Europa de 1049, la iglesia católica, a través del
benedictino San Odilón, Abad de Cluny, estableció el
2 de noviembre como el día para conmemorar a los fieles difuntos y a las ánimas
del purgatorio. A la llegada de los europeos a tierreas
americanas, las creencias de ambas culturas se combinaron.
Con la conquista, los pueblos indígenas retomaron de la
cultura ibérica el 2 de noviembre para rezar por la salvación de las almas de
los muertos, así como para celebrar su visita al mundo de los vivos, de acuerdo
con sus particulares creencias.
Las clases acomodadas, después de visitar a los difuntos,
iban a pasear por el Zócalo y la Alameda, o a la representación de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Las
clases populares, disfrutaban de las funciones de títeres representadas en
barracas colocadas alrededor del Zócalo.
Día de Muertos a la
Mexicana
Hoy día, la tradición indígena está presente al igual que
la católica. Las familias construyen un altar donde colocan los alimentos y
bebidas que gustaban al difunto para hacer agradable su visita y rezar por su
alma. Así se convierte en una tradición que es motivo de recogimiento y
celebración.