La Batalla del Monte de las Cruces
Cuando el
cura Miguel Hidalgo y Costilla inició el movimiento de independencia, en
septiembre de 1810, de inmediato fue apoyado por
cientos de personas del pueblo, quienes seguramente no conocían la situación
política, militar o económica de España, Europa, las colonias americanas o de
la Nueva España.
Lo que sí
sabían, porque lo habían sentido en carne propia durante toda su vida, era que
al gobierno monárquico español no le interesaba en absoluto si sus súbditos en
las colonias americanas contaban con lo necesario para su bienestar.
Por el
contrario, al rey y a las personas que le eran cercanas lo que realmente les
interesaba era obtener el mayor beneficio posible de la explotación de los
recursos naturales de los territorios de ultramar y de las personas que en
ellos habitaban.
En
América, existía un reducido grupo de personas que gozaba de privilegios por
parte de la corona española y cuyo mayor mérito era haber nacido en España.
Inclusive, los nacidos en la península y pertenecientes a la vieja nobleza
europea tenían mayor derecho para explotar las riquezas de las colonias.
Si no se
contaba con un título nobiliario, al menos era indispensable contar con alguna
riqueza producto del comercio o de otra actividad, fuera lícita o no.
Ello
explica por qué acudieron multitudes al llamado del cura Hidalgo; su respuesta
correspondía a la certeza de que se debía luchar para emanciparse de España, si
se quería al menos una esperanza de que su vida pudiera mejorar, para que el futuro
de sus descendientes fuera diferente al que ellos habían recibido de sus
mayores.
Si bien es
cierto que el cura Hidalgo contó con el elemento sorpresa, por lo que las
autoridades realistas no pudieron reaccionar con la rapidez y fuerza
necesarias, también es cierto que su reacción fue la fuerza y la represión.