El Palacio de los Condes de Calimaya
Casi en el
momento mismo en que se consumaba la caída de la Gran Tenochtitlán, a manos de
las huestes de Hernán Cortés y sus aliados, se comenzaron a repartir entre los
vencedores las posesiones de los vencidos.
De esa
forma, Cortés recompensaba a sus compañeros de armas y a quienes de una u otra
manera habían participado en la conquista.
Entre
mayor había sido el servicio para vencer a los aztecas y la jerarquía del
personaje, Cortés lo recompensaba, generalmente, con la adjudicación de un
solar lo más cercano posible a la Plaza Mayor, a la que hubiera sido el corazón
del centro ceremonial mexica.
Así, al
licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, quien llegara a la Nueva España apenas a
seis años de la toma de Tenochitlán, después de haber
fungido como gobernador de la isla de Cuba, le fue otorgado en propiedad un
predio en la principal calzada, la que conducía a Iztapalapa, a fin de que ahí
construyera su vivienda.
También le
fueron adjudicados en encomienda los indios de varios pueblos, entre los que se
encontraban los de Calimaya, Metepec y Tepamayalco.
La casa
que Gutiérrez Altamirano construyera, contó con un adorno muy peculiar,
consistente en el empotrado en la base de una de las esquinas, de una cabeza de
serpiente directamente tomada del Gran Teocalli,
antes de que fuera totalmente destruido.
A los
descendientes de Gutiérrez Altamirano tampoco les fue mal, ya que la fortuna
que su antepasado lograra hacer en tierras mexicanas ayudó para que, en 1616,
el rey Felipe III les otorgara el título de condes de Santiago de Calimaya.
Mientras
tanto, la casa que fuera el asiento del linaje, había sufrido los estragos del
tiempo y, para que fuera fiel reflejo de la alta dignidad de sus propietarios,
los condes de Santiago de Calimaya, ya a finales del siglo XVIII, tomaron la
decisión de someterla a una amplia remodelación, encargada a Francisco Antonio
Guerrero y Torres.