De la Plaza Mayor al Zócalo
Los
aztecas, tribu nómada de la América precolombina, supo que su errancia tendría fin cuando sus sacerdotes vaticinaron que
encontrarían un lugar donde una águila, parada sobre
un nopal, estaría devorando una serpiente.
Según la
voluntad de sus dioses, en ese sitio deberían establecerse y construir templos
dedicados a sus más grandes deidades: Huitzilopochtli,
dios de la guerra y Tláloc, dios del agua.
Así
sucedió y en el lugar donde los aztecas encontraron dicha señal se dieron a la
tarea de edificar una enorme plaza rodeada de templos y adoratorios. Para
ellos, ese era el centro del universo, el lugar desde el cual irradiaría su
poder y dominio sobre los pueblos que esos mismos dioses pondrían bajo su yugo.
Los
aztecas formaron un poderoso imperio y el islote donde construyeron su centro
ceremonial y su ciudad lo llamaron Gran Tenochtitlán.
Con la
llegada de los españoles, la capital del imperio mexica
sucumbió ante el poderío del armamento de los hombres blancos, encabezados por
Hernán Cortés, quien decidió fundar también la capital de la que llamaría Nueva
España, en el mismo sitio que ocupaba el más importante centro ceremonial
azteca.
Cortés le
dio la encomienda a Alonso García Bravo de realizar la traza de la nueva ciudad
colonial, conservando las tres calzadas prehispánicas: Iztapalapa,
Tlacopan y Tepeyac.
Por su
parte, García Bravo aprovechó la existencia de la enorme plaza rodeada de
templos para, una vez destruidos éstos y reutilizar muchos de sus materiales,
dar inicio a la construcción de las edificaciones representativas de la nueva
cultura: un palacio de gobierno, una catedral y los portales de mercaderes.
Cada una
de las bellas construcciones que aún hoy rodean la plaza tiene su propia
historia. A la plaza misma, por formar parte del nuevo centro del poder
político, económico, social y religioso colonial, se le otorgó el nombre de
Plaza Mayor.